¿QUÉ NOS PASA ANTE LA MASCULINIDAD?

La vivencia queer se desmarca, sea más o menos, de las aristas del sistema. Nos podemos alejar de muchas formas y vivimos cada una de las consecuencias que siempre supone atreverse a desafiar al sistema. Aunque muchas de ellas son violentas, injustas, recurrentes, aislantes… hay otras que son profundamente sanadoras, liberadoras y me atrevería a decir que mágicas, sobre todo para quien las necesita, pero también lo serían para quien no.
Hablaré de la masculinidad, refiriéndome a la masculinidad hegemónica, cishetero. La primera figura masculina con la que muches de nosotres entramos en contacto íntimo desde que llegamos al mundo es nuestro padre. Esa primera relación deja una huella profunda en la forma en que aprendemos quiénes somos y cuál es nuestro lugar en el mundo y en nuestros vínculos.
Cuando esa figura está ausente, ya sea por abandono, distancia emocional o incapacidad para ofrecer reconocimiento, suele abrirse una herida vinculada a la pertenencia. Y la ausencia en los padres es casi su propio mandato de cómo parentar y de su posición en el mundo. La ausencia no solo deja un vacío afectivo; también genera una búsqueda constante de validación en otras figuras masculinas o en las estructuras que representan la autoridad. Surge entonces la necesidad de ser suficiente, de demostrar valor, de destacar o de adaptarse para obtener una mirada que confirme: "Eres importante", "mereces estar aquí", "eres digna o digno de amor".
Esta dinámica individual se inserta en un sistema sexo-género capitalista y colonial que ha situado históricamente a la masculinidad como medida de valor, autoridad y legitimidad. No se trata de señalar a los hombres como individuos, sino de reconocer que determinadas formas de masculinidad han ocupado una posición de poder desde la que se han definido los modelos de éxito, belleza, productividad, racionalidad y reconocimiento social.
Así, muchas personas crecen aprendiendo a mirarse a través de esos ojos. Nos preguntamos si somos suficientemente productives, atractives, fuertes, eficientes, deseables o exitoses según estándares que no hemos elegido conscientemente. La mirada masculina deja de ser únicamente la de un padre y se convierte en una mirada social interiorizada que evalúa, clasifica y recompensa determinados comportamientos mientras invisibiliza otros.
Las expresiones de poder aparecen cuando esa mirada determina quién merece reconocimiento y quién no. Se manifiesta en las relaciones afectivas, en el trabajo, en la educación, en la sexualidad y también en la forma en que nos relacionamos con nuestro propio cuerpo. Muchas veces acabamos regulando nuestras emociones, nuestras decisiones e incluso nuestros deseos para responder a expectativas externas antes que a nuestras propias necesidades.
La necesidad de pertenecer y ser aceptades alimenta este proceso. Como seres humanos, necesitamos sentir que formamos parte de un grupo, y esa necesidad puede llevarnos a sacrificar aspectos de nuestra autenticidad. Aprendemos a comportarnos de maneras que aumenten nuestras posibilidades de recibir aprobación: evitando el conflicto, buscando agradar, demostrando fortaleza, ocultando la vulnerabilidad o persiguiendo logros como forma de obtener reconocimiento.
Estos patrones se expresan en nosotres en comportamientos cotidianos: la dificultad para poner límites, el perfeccionismo, la autoexigencia, el miedo a decepcionar, la necesidad de aprobación, la competencia constante o la sensación de no ser nunca suficiente. Son estrategias que, en muchos casos, surgieron para asegurar el vínculo y la pertenencia, pero que con el tiempo pueden alejarnos de quienes realmente somos.
No sé si alguna vez te has hecho la pregunta de: “¿Por qué me cuesta tanto?” No amoldarte, poner límites, dibujar el “yo” en el vínculo, sostenerte en tus argumentos, no sentirte más pequeñe... Yo sí. Como si desprenderse de la aprobación social, de la pertenencia, de cómo encajamos desde que llegamos al mundo nuestra valía, fuera sencillo, como si con entenderlo bastara. Te cuesta porque el mundo te ha dicho que valdrás o no según lo que “ellos” opinen, y poner en juego tu valía y estima recibida es una de las cosas más difíciles de sostener cuando te devuelven a ser niñe.
Desde la legitimidad de los movimientos para sobrevivir, encajar, amoldarte, te invito a dar los pasos correspondientes que te acercan a quien eres, aunque sea con un miedo tremendo y válido. A la vez, es necesario encontrar esa pertenencia y seguridad en vínculos, en lugares seguros, mientras trabajamos en nosotres y construimos autoestima de género a golpe de red, valentía, trabajo personal, cuidados…
Y a ti, ¿qué es lo que más te cuesta sostener ante su mirada? y ¿qué acciones/decisiones te han acercado a ti a pesar del miedo?
Pau Segarra




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